En algún parque, drogado y satisfecho, ventanas rojas, ropa desordenada y sin un desvalorizado peso colombiano. Un tipo pasa, algo me decía que no debí pedirle dinero pa’ ajustar el trago pero lo hice, y con un gesto de desprecio él responde “trabaje en vez de estar ahí tirado sin hacer nada”.
En un principio estoy de acuerdo en la sugerencia del trabajo, pero eso sí, que no venga a decirme que no estoy haciendo nada. En ese parque, en ese estado, en esa tranquilidad, estoy haciendo lo más importante y necesario para contribuir a esta sociedad adicta al olvido: imaginar. La imaginación es la única arma que tenemos los que nos creemos revolucionarios para luchar contra el morbo policiaco, la política burocrática, el estado paramilitar, la imaginación es lo único que nos mantiene vivos en medio de una cultura a la que el calificativo “medieval” le queda corto.
Los punkis, las drogas, el alcohol de farmacia, los ganchos de nodriza, la ropa sucia y los eructos son los únicos medios con los que los transeúntes recuerdan lo decadentes que siguen siendo. Somos humanos y no queda nada más de que avergonzarnos, los únicos seres vivos que sacrifican la naturaleza para aparentar estatus, los animales que más protocolo moral tienen para aparearse ¿un orgullo? nuestra inteligencia, sentido común, racionalismo y ciencia no sirven sino para llegar a la misma conclusión: tenemos una sola vida, muy corta, y la malgastamos por completo con complejos de moda, economía, política y poder… una brillante cabeza llena de química que al final se pudre en un ataúd.
Los decadentes somos el espejo que la sociedad tiene en el baño y en el que le molesta verse desnuda, nos encargamos de recordar que también es necesario expulsar desagradables flatulencias, que hay que ir al baño a sentarnos en bonitas piezas de cerámica a dejar el producto de un complejo proceso digestivo, que cuando hace calor y hacemos esfuerzo fisico nuestras axilas y pies huelen a humanidad. Somos torpes, hablamos estupideces, gritamos, eructamos, nos drogamos y autodosificamos mil cosas, tomamos alcohol antiséptico (con leche, azucar y café), vomitamos en las aceras si estamos muy locos y nuestros cuerpos disfrutan de todo eso.
Somos la escena de película de bajo presupuesto en la que esa hermosa protagonista tiene un orgasmo, en nuestras decadentes filas están formados grandes intelectuales que bombardean la ciencia con hechos y los argumentos con arte, puede usted, señor lector, escoger escritores, pintores, dibujantes, músicos, poetas, filósofos y sabios de la anarquía; puede seguirle pareciendo estúpido el sentido inexistente de muestra vida, pero algo sí es claro: nunca van a escasear los inconformes que estarán ahí para rellenar el tanque de la revolución con imaginación, con rebeldía, con persistencia…
Cada ofensa o mirada de terror a nuestra humanidad es un triunfo a nuestra lucha, cada insulto o calificativo lo hacen a un espejo que goza, y a decir verdad, puede que estemos demasiado drogados y no nos percatemos de sus consejos.





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