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Por estos días Medellín se encuentra en la Feria del libro, por allá en el Jardín botánico. Cuando me enteré del evento, mi cabeza recordó una fantástica idea que nació en el Frasoducto, vale aclarar que los créditos ideológicos vienen de la cabeza de Quime Atópica Videosa, que dijo en aquél entonces:
“Me han dado ganas de quemar 100 copias de “Quién se ha llevado mi queso” en un satánico ritual en el que los fatalistas de mierda bailaremos por horas.
Saludos…”
Leí el comentario al día siguiente de ser publicado, mis ojos disminuyeron su tamaño a la mitad, entrecerrándose. Mis pupilas se movieron juntas hacia el lado izquierdo y una leve sonrisa escapó de mi boca. Por unos cortos segundos imaginé cientos de personas bailando alrededor de una hoguera gigante frente a la Casa de Nariño. Las palabras “quema” y “pública” juntas siempre dejan un buen sabor en la boca, la imaginación comienza a volar y entonces giro mi cabeza hacia el estante de los libros.
Entre los libros que me obligaron a leer en secundaria, los que lee mi mamá y unos que me he robado a lo largo de toda la vida hay con qué comenzar a encender la hoguera, estoy seguro que entre Walter Riso, el padre Gallo, algunas novelas, una biblia, un ‘devocionario católico’ y algo de literatura moralista se puede lograr una ‘buena brasa’. Mi papá se compromete a regalarme un poco de gasolina de tractomula, Quime Atópica Videosa pone cien ejemplares de “Quién se ha llevado mi queso”, Camilurmu dice que llevará algunos libros de Gabriel García Marquez, Blueandtanit me contaba hace poco que posee una extensa y malévola lista de libros para quemar, Gurzaf no dudará en llevar el ejemplar que compró de la biblia divocasta, Daniosmo puede robarse algunos libros de la biblioteca del colegio. Yo supongo que con eso tenemos para mantener el fuego mientras más personas se suman al plan.
Quedan pendientes varias cosas: es fundamental conseguir una biblia de esas que tienen un papel muy delgado porque sirve para pegar los porros, alcohol que no sea muy combustible pero que emborrache, numerosas cantidades de cigarrillos y carne para ahumar ‘al papiro‘. También es necesario fijar una fecha concreta para el magno evento, y un lugar que sea equitativo teniendo en cuenta nuestra ubicación espacial geográfica. Hacemos un llamado urgente a aquellas personas que posean Facebook para que realicen el respectivo grupo que se llamará “Un millón de ratones de biblioteca”, o bueno, que se llame como quieran.
Quien desee añadirse al evento, es cordialmente bienvenido. Lo único que debe hacer es dar aviso a través de los comentarios, con los libros que pueda contribuir, y por supuesto, toda recomendación para el ritual es anticipadamente agradecida.
Otra cosa que pensaba es ¿qué vamos a hacer con los policías que lleguen? ¿los echamos a la hoguera?
Debido al tránsito loroscópico de venus y a las estrategias de mercadeo, nos encontramos en el deseado mes del amor y la amistad. Es en ésta etapa del año en la que los blogs hacen intercambios de enlaces, los empresarios alianzas estratégicas y los alcaldes comienzan a saludar los carros de los paramilitares. Sólo en septiembre la antropología y la entomología se ponen de acuerdo, entonces los perros callejeros conducen las pulgas donde alguna pareja que se relaciona ligüisticamente.
Suele suceder, la noche propuso frío pero los cuerpos compartieron calor. La mirada decidió esconderse en las pupilas más cercanas, los labios se encontraron para decir que las palabras no eran necesarias y los ojos cerrados miraban más acá.
Y al otro día la luz del sol golpea amablemente nuestra mirada, desayunamos con chocolate y que el mundo se caiga si quiere, hay cosas más importantes. Una sonrisa optimista forma agraciados pliegues de felicidad en el rostro, entonces respiramos y percibimos ese olor, puedo decir sin temor de equivocarme que se convierte en una verdadera adicción.
Comienza una cuenta regresiva acompañada de recuerdos, labios mordidos e inhalaciones profundas. Y la víctima de todo resulta siendo el blog, afortunadamente.
He dicho.
“Hoy siento presión, opresión, represión, depresión… ¡que impresión!”
Yo.
A las cuatro en punto de la mañana sonó la alarma del celular, la retrasé hasta las cuatro y cuarto para descansar un poco porque en toda la noche no pude dormir. Esos quince minutos pasaron instantáneamente, me levanté y caminé como pude al baño donde me miré al espejo y encontré una espinilla nueva. Abrí el grifo de la ducha esperando un dulce chorro de agua caliente, pero por cosas del acueducto comunitario barrial el agua salió en una cantidad y fuerza mayor a lo que mi torpe y semidormida cabeza esperaba, hecho que desencadenó una muy, muy fría bienvenida al día que se venía encima: fue esa helada agua la que me despertó y me hizo caer en cuenta de que había dejado la toalla sobre mi cama.
A las cuatro treinta aeme calenté un café acompañado de dos arepas con mantequilla y sal, éste último ingrediente me hizo recordar que tenía una herida en el paladar -una tortura al desayuno-. Después de sufrir todas esas adversidades salí para clase de seis de la mañana, y como vivo en un lugar retirado de la universidad debo salir una hora antes para tomar el bus que me deja más cerca, a mi lado se sentó un sujeto que al parecer tampoco tuvo una buena noche, dormía plácidamente mientras en su boca se balanceaba de lado a lado una saliva que amenazaba mi chaqueta (pero aquí no sucedió nada qué lamentar)
Entré a la universidad con diez minutos de anticipación a la clase, me senté en una mesa de la facultad y encendí un cigarrillo mientras llegaba algún compañero o compañera de clase para charlar. Como nadie llegaba, puse música en mi emepetrés y aguardé a que el profesor abriera el salón, pero nadie llegaba… en esa incómoda situación dieron las seis treinta mientras su narrador estaba sentado en una mesa fumándose el tercer cigarrillo. Nadie llegó, quién sabe si no había clase o si cambiaron el salón, no me importa qué haya sucedido: yo fui el único estúpido despistado que madrugó a clase hoy.
Desconsolado volví al lugar donde se toma el bus de vuelta, había una fila de unas treinta personas y yo me hice de último. Por largos minutos consideré que los buses habían desaparecido misteriosamente porque no llegaba ninguno, en la cabecera de la fila se acumulaba una multitud de peatones carnívoros que saltaron como buitres cuando llegó el primer bus vacío. Los que estaban delante en la fila gritaban de ira a quienes habían decidido violar la pureza de ésta, el caos reinaba en ese paradero, la escena se repitió por lo menos con cinco o seis buses; la fila avanzaba con la misma violencia que los “incholados”, yo me aproximaba a la puerta para ingresar al vehículo cuando sentí un golpe en mi hombro derecho que me arrojó contra la puerta, el culpable sonrió por su triunfo y se acomodó en uno de los puestos.
No sé como entré al bus, pero lo logré. por supuesto, lo primero que hice fue mirar a mi agresor directamente a los ojos comunicándole el malestar que me causaba, a lo que él respondió escondiendo su atención en otra cosa. Me deslicé hasta la última silla y dí media vuelta para sentarme, fue cuando admiré la escena más fuerte del día: el colectivo estaba inundado de gente, todos sobre todos, apretándose, empujándose, veía brazos que sobresalían como pidiendo auxilio, cabezas ahogadas, gritos, insultos, quejas… entropía en un bus. El conductor pronunció las palabras que unos pocos queríamos escuchar: “haber pues, sólo puedo llevar los sentaos“. La ira se apoderó por segundos del claustromóvil, luego el sobrecupo se bajó, llegué a mi casa más o menos a las ocho de la mañana después de otra hora de viaje.
Esa es la historia de mi día hasta éste momento, y apenas son las diez de la mañana. Algo me dice que hoy me voy a dormir temprano.
Como pseudointelectualoide creo que de nada sirve la teoría sin la práctica, se puede leer sobre existencialismo pero no hay punto de comparación con el existencialismo que se vive, para darnos cuenta de la mierda que somos no hay que hacer más que vivir.
Un átomo, un cromosoma, una cadena de adn, el nucléolo, el citoplasma, una célula, un glóbulo rojo, una neurona, una gota de sangre, un testículo, un pulmón, un hígado, un corazón y un cerebro. Si alguno de ellos falla se nos jode todo el cuerpo y llegamos a la muerte.
Yo, usted, mis amigos y los suyos, la chica que me gusta, el conductor del carro y la señora que vende chance -bueno, alguna-, todos forman una sociedad que está en constante caos. Imagine un individuo que hace parte de una familia que vive en un apartamento de un edifio de veinte pisos que queda por la Universidad de Antioquia, sume los estudiantes, los de ingeniería, matemáticas, comunicaciones, derecho, ciencias políticas, biología… en fín, y todo eso es sólo un barrio de Medellín.
Ahora, sumemos la gente de Cali, Bogota, Barranquilla, Santander, Ecuador, Brasil, Gringolandia, Europa y Rusia. Si le parece poca gente, sume los que hay en Beijing por estos días, somos la raza humana… que vive en continentes con animales que se pueden comer y plantas alucinógenas, pero todo, absolutamente todo hasta ahora está dentro del planeta tierra. De toda esa gente que ahora hace miles de cosas, hay uno que está frente a un computador leyendo esta última p a l a b r a . . .
El planeta tierra gira alrededor del sol, el sol en otra cosa más grande y en cualquier momento cualquiera de esas vainas puede colapsar. Cuando uno dice “yo no creo en Dios” y se convence de ello, llega la pregunta: ¿y entonces yo que hago en medio de esta payasada? desafortunadamente está obligado a pertenecer a eso, o por algo tiene conexión a Internet.
La polla records nos dijo que No somos nada, pero muchos no han querido escucharlo porque Pepe grillo les habla al oído sobre Dios. Yo respeto a los religiosos, incluso los entiendo… pero insisto: cuando uno se muere, se pudre.
Si, acepto los cargos. De pronto me tomo muy en serio el papel de sabio, pero ¿qué le voy a hacer? La culpa, como siempre, se la hecho a la sociedad. Hoy finalmente encontré una tribu urbana digna de mi idenficación: los pseudointelectualoides.
Y aclaro que es difícil ser uno de nosotros, marginados sociales por excelencia y fuertes críticos de una sociedad a la que también pertenecemos. Somos también humanos y asumirlo nos produce complejos existenciales tan profundos que Kafka o Dostoyevski no quisieran conocelos para evitar sentirse culpables de múltiples suicidios juveniles.
Fieles amigos del cigarrillo y frecuentes consumidores de musas prohibidas. Enemigos de Dios, el estado y la policía; enamorados somos poetas, si aprendemos a interpretar algún instrumento somos músicos, si medio dibujamos somos caricaturistas, si escribimos somos literatos y si ninguno de los anteriores talentos es digno de nosotros nos ingeniamos otro pretexto para autodenominarnos artistas.
Escuchamos música en idiomas que soñamos aprender o que medio sabemos pronunciar, vemos películas de bajo presupuesto porque tienen algo extraño que llamamos “fondo”, y leemos libros que confirman nuestro masoquismo existencial. Somos tan hippies que insultamos con finos sarcásmos a quienes no los entienden, conducta que nos regocija y hiere poco o nada al destinatario ¿qué mejor forma de evitar el uso de la violencia?
Todo pseudointelectualoide es un artista innato aunque otras variantes pseudointelectualoides que se hacen llamar “críticos” o “curadores” afirmen lo contrario en un intento fallido de evitar nuestro éxito.
Nuestra sabiduría es llamada “filosofía barata” por quienes quieren comprarla y ven que no está en venta, a pesar de nuestra precaria situación económica. Y no es culpa nuestra, sino que en este país no hay vacantes para intelectuales y las que hay están ocupadas por sujetos que, según nosotros, no dan la talla.
El pseudointelectualoide permanece vivo gracias a su ego interminable, se preocupa más por los demás que por sí mismo (y vaya que nos preocupamos por nosotros mismos), y es aquí preciso hacer aclaración de un par de cosas: la primera, que la preocupación es por el otro y no por lo que éste hace, y la segunda, que el pseudointelectualoide se preocupa por el otro de la forma más noble y desinteresada posible, a tal punto que si el dinero no fuera necesario nuestra vida se basaría en realizar obras benéficas y culturales.
Queda mucho en el tintero, pero como buen pseudointelectualoide sé que es inútil hacer referencia a todo eso, pues no terminaría éste post. El pseudointelectualoide siempre subestima a quien le escucha, pues no duda de la incapacidad mental del otro, pero ¿quién es en realidad el estúpido? Me disculparán, pero no responderé a esa pregunta para que mi ego no disminuya y así evitar el suicidio.
En algún parque, drogado y satisfecho, ventanas rojas, ropa desordenada y sin un desvalorizado peso colombiano. Un tipo pasa, algo me decía que no debí pedirle dinero pa’ ajustar el trago pero lo hice, y con un gesto de desprecio él responde “trabaje en vez de estar ahí tirado sin hacer nada”.
En un principio estoy de acuerdo en la sugerencia del trabajo, pero eso sí, que no venga a decirme que no estoy haciendo nada. En ese parque, en ese estado, en esa tranquilidad, estoy haciendo lo más importante y necesario para contribuir a esta sociedad adicta al olvido: imaginar. La imaginación es la única arma que tenemos los que nos creemos revolucionarios para luchar contra el morbo policiaco, la política burocrática, el estado paramilitar, la imaginación es lo único que nos mantiene vivos en medio de una cultura a la que el calificativo “medieval” le queda corto.
Los punkis, las drogas, el alcohol de farmacia, los ganchos de nodriza, la ropa sucia y los eructos son los únicos medios con los que los transeúntes recuerdan lo decadentes que siguen siendo. Somos humanos y no queda nada más de que avergonzarnos, los únicos seres vivos que sacrifican la naturaleza para aparentar estatus, los animales que más protocolo moral tienen para aparearse ¿un orgullo? nuestra inteligencia, sentido común, racionalismo y ciencia no sirven sino para llegar a la misma conclusión: tenemos una sola vida, muy corta, y la malgastamos por completo con complejos de moda, economía, política y poder… una brillante cabeza llena de química que al final se pudre en un ataúd.
Los decadentes somos el espejo que la sociedad tiene en el baño y en el que le molesta verse desnuda, nos encargamos de recordar que también es necesario expulsar desagradables flatulencias, que hay que ir al baño a sentarnos en bonitas piezas de cerámica a dejar el producto de un complejo proceso digestivo, que cuando hace calor y hacemos esfuerzo fisico nuestras axilas y pies huelen a humanidad. Somos torpes, hablamos estupideces, gritamos, eructamos, nos drogamos y autodosificamos mil cosas, tomamos alcohol antiséptico (con leche, azucar y café), vomitamos en las aceras si estamos muy locos y nuestros cuerpos disfrutan de todo eso.
Somos la escena de película de bajo presupuesto en la que esa hermosa protagonista tiene un orgasmo, en nuestras decadentes filas están formados grandes intelectuales que bombardean la ciencia con hechos y los argumentos con arte, puede usted, señor lector, escoger escritores, pintores, dibujantes, músicos, poetas, filósofos y sabios de la anarquía; puede seguirle pareciendo estúpido el sentido inexistente de muestra vida, pero algo sí es claro: nunca van a escasear los inconformes que estarán ahí para rellenar el tanque de la revolución con imaginación, con rebeldía, con persistencia…
Cada ofensa o mirada de terror a nuestra humanidad es un triunfo a nuestra lucha, cada insulto o calificativo lo hacen a un espejo que goza, y a decir verdad, puede que estemos demasiado drogados y no nos percatemos de sus consejos.
Algo bastante requerido en ambientes universitarios, enfocados al conocimiento científico y en los que se pretende construir ciencia, es la argumentación. A partir de ella, el estudiante o profesor demuestra que no es un baboso que habla por hablar y que ya otra persona que creemos más inteligente y que en adelante denominaremos como ‘teórico’ ya dijo lo que nosotros decimos.
¿Cómo es el proceso de argumentación? sencillo: usted va a una biblioteca, busca en el catálogo libros que tengan algo que ver con lo que usted dice, busca un aparte del texto que le convenga a su afirmación y la reproduce con una nota al pié que sirve como prueba de que lo dicho por usted es cierto. Aquí va entonces la pregunta: ¿nuestra opinión es tan poco válida que necesita ser reforzada con la de otro? pues para el entorno científico-riguroso es así.
Por mi parte, considero que la ciencia se basa en la percepción, en rebuscar palabras que sean acordes a lo que queremos expresar y den a entender al lector una forma de ver las cosas, no tiene rigurosidad alguna citar a un autor, copiar una parte de algún texto sin siquiera leerlo completo y con eso demostrar que somos científicos, que el conocimiento que producimos posee valor aunque esté basado simplemente en nuestra forma de ver las cosas y sustentado en nada más que la percepción.
Si desconocemos el conocimiento que no está argumentado, nunca podremos identificar el ’sexto sentido materno’, la sabiduría indígena, los saberes de nuestros abuelos y padres que no estudiaron una carrera universitaria, la forma en la que siembra un campesino y todos estos orgasmos epistemológicos que no requieren ser argumentados. Pondremos el ejemplo del campesino que cultiva papa: él no necesita ser biólogo, tegnólogo del SENA ni nada similar para saber cuándo siembra, cómo abonar las plantas, cómo combatir las plagas y el momento preciso para cosecharlas. Él sólo lo hace, luego llega un ‘teórico’, estudia lo que el campesino hace, lo escribe en un libro y a partir de él otros estudian y se ganan un sueldo muy generoso a comparación de lo que gana el campesino vendiendo sus productos.
El entorno científico está lleno de seudointelectuales que no dan el valor que merece al conocimiento bruto, aquél que ha sido convertido en ciencia para ser reproducido a gran escala y hacerlo productivo al capitalismo. Argumentar es asumir que la opinión y percepción propias no poseen más carácter que de la subjetividad, una palabra detestada por aquellas personas que consideran que se puede llegar a ser completamente objetivo: dejar la subjetividad de lado y escribir sin adjetivos, salirse de la subjetividad, salirse de la percepción, salirse de uno mismo.
La objetividad no es más que la utopía científica, despreciar el conocimiento propio y acoplarlo a lo que la ciencia ya tiene dictaminado ¿Gonzalo Arango no era científico? ¿William Shakespeare no era científico? ¿Yo no soy sientífico? ¿Por qué, si todos expresamos nuestro conocimiento de diversas formas? es cuando entra a jugar otro factor: el arte. El arte para la ciencia no es más que una construcción subjetiva de la realidad, para mí algo más científico que lo que lace un estudiante de maestría en una biblioteca. Tomás Carrasquilla decía que la educación era separar al individuo de la realidad, meterlo en una universidad y ponerlo a estudiar esa realidad de la que está siendo separado ¿esa afirmación no es algo científico? no, porque hace parte de un texto literario y es visto como arte: si cito eso en una tesis lo más seguro es que la universidad se burle de mí con un cero.
En fin… estos son mis argumentos contra la argumentación, un texto en el que me desgasté sin necesidad, porque la mejor forma de ahorrarme el trabajo es simplemente decir “no creo en la argumentación” sin más. Pero me tomo el trabajo de extenderme para que a algún seudocientífico no se le dé por llamar a esto atajismo, mediocridad o facilismo, pues por más que me refuten para mí esto es ciencia y para acabar de meter el dedo en la llaga científica, ahora yo soy un teórico intelectual científico.
Más exactamente, era una burra. Hace unas pocas horas estaba en un parque al que habitualmente asistimos los consumidores de drogas del pueblo, y casualmente, mis amigos y yo nos ubicamos cerca. Nos percatamos de la belleza del jumento, una mirada noble, filosófica e intimidante: una burra de esas que no se ven todos los días. Comenzó el insumo de sustancias y la burra cambiaba magníficamente a una tonalidad rosada, y al más mínimo descuido de nuestra parte soltaba una muy cuidada flatulencia que sonaba con perfecta armonía.
Yo me levanté de mi puesto para orinar en un árbol cercano, y cuando subí el cierre del pantalón sorpresivamente ví como el animal atacaba a mis amigos: se abalanzó sobre uno de ellos y mordió su cabellera hasta dejarlo calvo. Cuando otra amiga saltó sobre la burra en defensa del calvo ella saltó y girando como en Matrix le propinó un pezuñazo en la cara y la envió contra el árbol que yo recién había orinado. Fue el momento que dispuse para entrar en acción, y cuando corrí hacia ella giró sorpresivamente y soltó una de sus flatulencias que -como un gas lacrimógeno- generó un profundo ardor en mis ojos, nariz y garganta. Éramos tres victimas de un onagro que nos miraba fijamente y con rabia, abría sus patas delanteras, agachaba su cabeza y a todo volumen nos hacía “Muuuuuuuuuuuuuuu” (si, Mu).

Ante tal situación, tuvimos que utilizar métodos fuertes: tomé en mi mano un poco de marihuana, al igual que mis amigos, y saltamos todos a la batalla de vida o muerte. El asno se abalanzó sobre nosotros y todos arrojamos la hierba a la misma vez dentro del hocico del monstruo, nos arrojamos al suelo y corrimos detrás del árbol recién regado. La burra soltó otra flatulencia que llenó de humo todo el parque, impidiendo nuestra visibilidad, saltó nuevamente pero ésta vez como Gokú el de Dragon Ball, giró en el aire y soltó otro super-pedo sobre el parque: nosotros, a punto de morir, no podíamos contener más la respiración. Fué en ese momento cuando nuestro ataque tuvo su efecto retrasado y la burra bajó del aire lentamente, ahora con un par de alitas pequeñas que le ayudaban a planear con suavidad y perfección.
Los pedos no terminaban, ahora de color verde y con un olor más familiar. Salimos de nuestro escondite a respirar un poco de aire puro -después regresamos al parque, por supuesto- y cuando el humo se disipó la burra yacía en una manga recostada en la hierba fumandose un porrito. Cuando pregunté de dónde había sacado la burra el porro, mi amigo notó que mi mochila estaba sobre el suelo con todas mis cosas regadas y después de el combate que habíamos lidiado nadie estaba dispuesto a arrebatarle el cigarrillo mágico al animal. Fue entoces como mi amiga se acercó a la burra y cariñosamente le dijo “Hola, ¿nos das los ploncitos?”, a lo que la burra asintió y sentados junto a ella disfrutamos el porrito todos.
Después de todo, la burra se fue y nos dejó en el parque… ¿a dónde fue? no sé, cuando nos despertamos estabamos todos en la inspección de policía supuestamente por porte de drogas y por pelear en el espacio público. Para mí que esa puta burra nos denunció.
Esta historia es un primer acercamiento al uso de la Crítica Intencionalmente Destructiva (CID) en la literatura. Si usted se considera una persona normal, cierre su navegador de Internet ahora mismo. Será por su bienestar.
Érase una vez un hombre completamente normal. Se levantaba en las mañanas sin hacer pereza en la cama unos minutos de más, se bañaba, comía algo de desayuno y salía a trabajar. En su trabajo, un almacén de modas, se dedicaba a vender productos durante todo el día, tenía una hora de almuerzo en la que comía algo que le quitara el hambre y continuaba su labor responsablemente. Al salir, hiba de nuevo a su casa a cenar y viendo telenovelas se quedaba dormido.
Este hombre se preocupaba la mayor parte de su tiempo en ayudar a los demás: solucionarle los problemas a sus allegados, visitar a su familia para preguntar por cada persona de su árbol genealógico, saber cómo estaba y si podía ayudarle en algo. Los sábados se daba el lujo de dormir hasta las nueve de la mañana y el resto de día organizaba su casa para que fuera un reflejo de su conciencia y su subconciencia. Los domingos, tras salir de la iglesia, jugaba fútbol con sus amigos en la tarde y llegaba a su casa a lavar la ropa que recién había ensuciado, bañarse y prepararse para ir a trabajar el lunes: no sentía pereza o la más mínima inconformidad de hacerlo.
En sus ratos de soledad optaba por la literatura de Paulo Coehlo, Cuatéhmoc Sánchez, Walter Riso, Marcia Grad y Wayne W. Dyer. También solía ver televisión, orar, escuchar alguna estación de radio, organizar su casa y mientras tanto continuaba pensando en cómo ayudar: hasta sacaba espacios de su tiempo libre para hablar con jóvenes con problemas o ir a las cárceles a dar conferencias a los presos sobre cuál es el camino de la rectitud. Veía noticias y se conmovía por lo que sucedía, entonces iba a la iglesia y hacía alguna donación económica para ayudarle a esas personas. No tenía hobbie alguno, ni sueños, ni anhelaciones, ni inconformidades, ni disgustos: creía firmemente en el destino y en que Dios algo tendría que hacer por él.
Este hombre nunca cuestionaba su forma de actuar o pensar, pues vivía bajo las leyes de Dios y las cumplía a toda costa con la mayor rigurosidad posible, era un sujeto tan normal que solía pasar desapercibido entre las demás personas, no tenía problemas económicos, ni sociales, ni culturales, ni de salud física o psicológica, como les vengo diciendo, el sujeto era completamente normal. Algún día murió, y como debía ser, se fue al cielo por sus buenas obras y allá vivió por toda la eternidad.
¿Si ve? Este cuento no se lo cree ni usted…











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